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Opinión

REFLEJOS NADA GRATUITOS DE CADA EPOCA

Ciertas expresiones pueden resultar desconcertantes en el contexto en que emergen, pero tienen su razón de ser. Conviene, pues, ser prudente al juzgarlas...

Entre los tesoros que la Edad Antigua lega a la historia del arte universal se encuentran las fíbulas y hebillas utilizadas por los visigodos en su indumentaria. Ambos elementos perseguían el mismo propósito: sujetar mantos y cinturones, tal y como lo hacen nuestros actuales broches e imperdibles.

Aunque las fíbulas más comunes tenían forma de arco, hay también algunas en forma de águila. Al parecer, estas fíbulas aquiliformes que aseguraban los dos extremos del manto remitían a las dos águilas que, en la mitología de los pueblos bárbaros, descansaban sobre los hombros de Odin: Huqui (la reflexión) y Munin (la memoria), musitaban a los oídos del dios cuanto veían y entendían sobre los hombres. Es una hipótesis que parece verosímil, ya que ciertos hallazgos arqueológicos sugieren el origen escandinavo de los pueblos godos: la cerámica, las casas y las tumbas de las zonas en las que estos se asentaron son similares a las que se encuentran en el sur de Suecia.

El caso es que, utilizadas también en el ajuar funerario, estas piezas eran símbolo de prestigio. Algunas se elaboraban con piedras preciosas, colocadas en celdillas de metal que se adaptaban a su forma mediante el calor o las sujetaban mediante pequeñas pestañas. Otras estaban realizadas con pasta de vidrio en cloisonné.

Pero, además de connotar el status social de su propietario, la fastuosidad de estas pequeñas obras tenía otro sentido: en un modo de vida principalmente errante, el único patrimonio con el que contaba una persona era aquello que llevaba encima. En efecto, los visigodos eran un pueblo seminómada que, aun cuando se asentó al transformarse en una comunidad agrícola, conservó un importante número de guerreros profesionales empeñados en conquistar territorios fértiles hacia los que expandirse.

Descubrir este aspecto menos evidente de la riqueza en la indumentaria me hizo pensar también en ciertas costumbres del sur de Europa, en donde se procuraba proveer a las mujeres, económicamente dependientes hasta no hace mucho, joyas de oro que les permitieran afrontar cualquier crisis si llegaran a verse solas. Y no es el único caso en que un elemento aparentemente fútil de lo que parece circunscribirse a la esfera de la vanidad traduce en alguna medida una forma de pensamiento: así, en el mundo de la moda, es frecuente observar cómo un estilo suele oponerse al inmediatamente anterior. El cabello corto en los años 20, por ejemplo, traducía el deseo de emancipación de la mujer, asemejándola al hombre mediante los peinados andróginos.

Todos estos detalles, aparentemente veleidosos, no son gratuitos: son el trasunto de las carencias, las necesidades, las aspiraciones de una época específica. Por ello, no es justo subestimar ni comparar ciertas manifestaciones culturales por derivar de patrones de pensamiento diferentes. Valga recordar aquí que Van Gogh, considerado el padre del arte moderno en la actualidad, no vendió más que un cuadro durante toda su vida, El viñedo rojo cerca de Arlés.

Ciertas expresiones pueden resultar desconcertantes en el contexto en que emergen, pero tienen su razón de ser. Conviene, pues, ser prudente al juzgarlas. El tiempo pondrá en luz su valor y su trascendencia, y resultarán más obvias las necesidades que las nutrieron.

El encono hacia youtubers , instagramers y otros fenómenos massmediáticos quizá no sea razonable. Con el correr de los años, factores como las adhesiones (followers) han de constituirse en verdaderos indicadores de las necesidades e inquietudes que prevalecieron en una época, y apuntarán hacia dónde deberemos investigar, sociológicamente hablando.

LINDA D'AMBROSIO linda.dambrosiom@gmail.com

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22 de Mayo, 2020
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